(Bendición inicial, Salmo 22, acto de contrición y oración para todos los días)
Consideraciones
La reina de los mártires está junto a la cruz, bañada en lágrimas, pero de pie, como una roca inconmovible entre las tempestades del mar de sus dolores. En su alma destrozada experimenta todos los tormentos que su Hijo está padeciendo, tormentos que unida a él, Sumo Sacerdote y Víctima divina, ofrece al Padre celestial para rescate del mundo pecador. El momento es solemne. Al tiempo mismo que el cielo empieza a encapotarse, se nublan los ojos divinos del mártir y palidece su rostro. La Madre le dirige una mirada de infinito dolor. Retórnasela el Hijo amado dejando caer sobre el manto de la Dolorosa, con un hondo suspiro, dos lágrimas de sangre. ¡Qué miradas aquellas! ¡Dios Santo, las miradas del Hijo moribundo y de la Madre adolorida! "¡Hijo mío!", exclama la Virgen en un arranque de suprema angustia y esconde entre sus manos el rostro virginal, sollozando.
"Mujer, responde Jesús, señalando a Juan, ¡ahí tienes a tu hijo! Después dijo al discípulo: ¡Ahí tienes a tu madre!" (Jn. 19, 26b-27). "¡Oh Mujer, la más afligida de todas las mujeres!, ¡Oh tú, la de más tierno y amante corazón! ¡La más compasiva de todas las madres!, torna madre mía, hacia el discípulo amado, y en su persona hacia todos los hombres, esa ternura infinita, ese amor sin límites, ese cariño inmenso de tu corazón de Madre". ¡Así habla Jesús! ¡Qué rico testamento! ¡Nos da por Madre a su propia Madre! ¡Contempla, cristiano, estas dos víctimas: Jesús y María; estas dos hostias de un mismo sacrificio, ofrecidas sobre el mismo altar!
Su amor de madre le hace sentir, en sus sienes, las espinas punzadoras; en sus manos y en sus pies, las horrendas rasgaduras de los clavos; en su cuerpo, las heridas de la flagelación; en su boca, los horrores de la sed que abrasa las entrañas de su Hijo y en su corazón, las atroces injurias de los que lo insultan, blasfeman y se burlan de él. Adoremos, con amor y gratitud, al divino Redentor y en su prueba de amor a nuestra benditísima Madre, María, y hagámosle la ofrenda de todo nuestro ser.
Aquí se hace la petición con gran fe, firme convicción y seguridad en Dios. Siguen unos momentos de silencio, de profunda confianza y serenidad.
ORACIÓN
¡Oh Reina de los dolores y Madre mía dulcísima! ¿Quién pudiera en esta hora de infinito dolor para Vos, compartir vuestra pena y amaros hasta morir? Vuestro consuelo era el Hijo del amor que aunque pendiente del madero, era vuestro tesoro, era vuestra alegría, era vuestro corazón. Y vos erais para él, en el abandono doloroso de los suyos, el bálsamo consolador que suaviza la herida de su alma divina en la agonía suprema de la desolación. Vos, Madre mía, fuerte como la columna de granito ante los vendavales del desierto, estáis al pie, junto a la cruz, llorosa y afligida, ofreciendo al Padre el infinito dolor de ver crucificado al más santo de los hijos de los hombres; pero no aguantabais, madre querida, que vuestro único tesoro en el mundo, en un exceso de amor a los mortales, se resignara a desprenderse de su Madre por dárnosla a nosotros. ¡Ea, Madre mía, querida!, yo no puedo escuchar estas palabras de vuestro Hijo y contemplar vuestra amargura infinita sin sentir en mi pecho el incendio del amor más puro hacia Vos. Dejadme, pues, madre querida, dejadme que me acerque a Vos, me postre a vuestras plantas virginales, me abrace a vuestros pies benditos y deposite en ellos, en beso de amor, todos mis afectos filiales hacia Vos y toda mi gratitud porque me aceptasteis por hijo al pie de la cruz. ¡Vos sois mi Madre! Jesús os dio a mí en herencia al morir. Muestra que lo sois en efecto, y reciba de Vos mis preces el que nació de Vos y murió por mí. ¡Oh Señor de los Milagros!, por la espada de dolor que atravesó al pie de la cruz el corazón bendito de vuestra Madre dolorosa, dignaos escuchar mis súplicas y concededme la gracia que por su intercesión os pido. AMÉN
Siguen los gozos, la oración final para todos los días y se concluye con la Santa bendición.