En 1968 llegaron hasta San Pedro los impulsos renovadores del Concilio Vaticano II. Fue el Padre Luis Carlos Jaramillo Arango, después Monseñor, el encargado de adecuar su templo a los nuevos tiempos. El altar, el ambón, y la sede del celebrante, los renovó en mármol.
Para realzar el culto al Santísimo Sacramento le consagró la capilla del sagrario, y le dio todo su valor a la hermosa imagen de La Pietá en una capilla propia, tal como se encuentra en su lugar original en Roma.
La réplica de La Pietá llegó a San Pedro por una promesa del Padre Leónidas Lopera, quien hizo el voto de regalar a su pueblo natal una imagen de la Virgen de los Dolores.
Pero el Padre Leónidas murió sin poder cumplir su promesa, y fue su sobrino, el Padre Leonardo Lopera Montaño el encargado de hacer realidad el sueño de su tío. Como tesoro de la Diócesis de Santa Rosa de Osos debió viajar a Roma a encargar el altar, el solio y el baldaquino para la catedral de Santa Rosa.
Una vez en Italia, en el taller de Pietra Sacra, hizo elaborar la imagen de la Virgen en un solo bloque de mármol blanco. Esta escultura es la más perfecta réplica de la obra de Miguel Angel. Durante su viaje de Roma a San Pedro estuvo expuesta en Londres y Nueva York. En la base de la imagen, y escrito en el mismo mármol se lee: «Donación del Presbítero Leónidas Lopera, 1949».
Pero definitivamente la obra más importante de Monseñor Jaramillo fue la decoración en oro y plata del Santuario.
Gracias a su iniciativa, es posible ver hoy las bellas figuras de ángeles, cabezas de corderos, cariátides, flores y ramas, escudos y capiteles, que le dieron al templo un aspecto majestuoso.
El Padre Martín Múnera Tobón lo llama con razón «Estuche de Oro», e inspirado en su belleza compuso el poema «Romance del oro en el templo», fijado en mármol en los muros del mismo.
